En la memoria

Mayca Margon

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Colectivamente todos limpiamos nuestras conciencias, y en la memoria queda como pegamento adherido tiñendo de ocre el malva de los recuerdos, desapareciendo uno a uno debajo de esas manchas, sellando sabores y olores,
para que nunca sepamos cuántos de ellos han sido verdad, y si ha sido verdad alguno. No nos inventamos recuerdos, son los recuerdos los que nos inventan.
De la misma forma que retrocede la memoria retrocede ésta en el tiempo, y equitativamente los viejos tiempos toman la importancia de los tiempos presentes. Paulatinamente vuelve la niñez y su inocencia, la juventud con sus trastornos, la sensata madurez que cede el paso a una vejez lúcida pero diluida.
La memoria gobierna nuestras vidas, las hace útiles, recrea los pensamientos, adorna los “malos tragos”, y también dibuja sombras sobre los buenos momentos (en ocasiones puede ser, ¿por qué no? lo contrario). Nos acompaña en los viajes y nos consuela en las paradas forzadas. Se sirve de la añoranza para convertirse en dictadora de las ideas. Nos hace decaer el ánimo, nos ensalza el espíritu, nos sentimos vivos mientras memorizamos memorizar.
Y ya…
No hay…
Sin estar…
Es el tiempo… o ¿son los otros? que con sus cualidades intactas y los cinco sentidos alertas un día sé quién soy pero no quién eres tú.
Después tú me dirás quién soy yo.
Y durante el proceso de creación de un espacio al cual no existe algún ser humano que pueda llegar y por lo mismo no recordar, gotas de agua limpia y sin contaminar rellenan el hueco: nuevas sensaciones inhibidas y sentimientos rechazados; es su cometido inventar otro estado emocional donde, a conveniencia, nos podamos resguardar de lo duro que resulta la vida y desaparecer, igualmente si nos conviene, después de revivir los vivido. La memoria, al final de la transformación en el cerebro, pierde su nombre, el nombre común que los demás le damos, y recibe otro nuevo individualmente intransferible, pasando a llamarse cómo aquella mañana de invierno, como esa tarde primaveral, como el nombre propio del hijo, como el de la hija ya no recodada, como la risa de alguien, la pena de una larga noche, como el infinito, como el espacio entero o como el más recóndito de los rincones donde
el polvo ha escondido un increíblemente maravilloso tesoro.
Nos recreamos, nos inventamos de nuevo una vez más o por primera vez, tenemos otra oportunidad, segunda o tercera ¡da igual! quizá cuarta, para ser auténticamente de verdad, con vivencias verdaderas, tanto que nadie puede sugerir ni adivinar, sólo uno mismo en el interior de una pantalla plana y cerrada para un solo protagonista; no hay entradas, se agotaron en el momento en que ellos creyeron que la vida acababa.
De inmediato…
En la nada hay…
El espacio está…
Desaparece el tiempo… se desvanece, y los otros no saben reinventar un entendimiento puramente razonable
entre sus perfectas y comunes memorias y los entes que se instalan en la memoria ya consolidada, y exclusivamente individual.

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