LA SENSIBILIDAD DE EMILIA

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Mayca Margon

Huele su casa a jazmín fresco, pero ella nació en Zamora. Tiene
acento castellano aunque vivió en Sevilla. De casa bien, hija de su
padre, con negocio de ganado y tienda de carnes, y sin título por no
haber estudiado, que ella quiso, y quiso más que estudiaran sus hermanos.
No le importaba su porvenir tanto como el de ellos.
Peinaba el apelmazado pelo de su madre antes de misa mientras
ésta, frías las manos y helada la mirada, tocaba a su hija para
indicarle que parara y con los ojos le tatuaba en la frente “eres mi
hija pero nada más”.
Emilia se casó porque él era muy guapo. No conoció el vacío
hasta que compartió habitación, y esa noche pensó, pues no se perdonaba
ningún error ni quiso que tuvieran que perdonarla otros,
que así y todo sería el padre de sus hijos. Parió dos, recios pero con
la misma sensibilidad que ella gastaba, y pensó por eso continuar
junto a su marido. Le compensó explicarles, desde muy chicos, que
su padre no era como ellos y siempre con el debido respeto.
Yo conozco a Emilia porque me cuenta historias, me las desmenuza
y le quita las espinas para que no me hagan daño, pero yo
sé que las llevan. Y ella se disculpa porque tengo que digerir los
datos que me transmite: el alma blanca que ya se transparenta, el
espíritu redentor que lleva adherido a su postura y la mente limpia
como las sábanas blancas de algodón recién lavadas. Y cuando mis
gestos indican “claro que lo entiendo” unas chispas iluminan su
figura y alzando los hombros las dirige hacia mí, y yo siento que
esas pequeñas descargas me atraviesan el pecho instalándose cerca
del corazón. Al ratito desparecen, aliviándome
pero echando de menos su energía.
Emilia dijo “Tú y yo nos vamos a entender”.
No sabía yo cuánto.
La sensibilidad de Emilia convirtió su
vida en una fuerza más grande que la generosidad
de sus pensamientos. Y éstos convirtieron
sus días en una lucha distinta
cada décima de segundo. No creía ser
necesitada, si no que necesitaba sentirlo. Pasó su vida sabiendo que
no sería vencida, sus días batallando con ella misma entre su cuerpo
y su mente, su corazón y su alma. Tantas lágrimas invisibles
regaló (las metía en un sobre azul y escribía en letras blancas el
destinatario), que no fueron aceptadas pues creyeron los demás que
no valían nada. Y Emilia observaba. No era recompensa lo que
buscaba, pero lo que encontró en el prójimo fue el miedo, y éste se
instaló con ella en su rincón.
Ya no observa, se le pararon las ganas.
Me dice que me cuenta cuentos para que no me pase lo mismo
que a ella. Me habla delicadamente para que yo aprenda. Me mira
y me pide permiso para desvelarme las injusticias mientras ella
misma se sorprende al volver a recordarlas. Y yo la ofrezco una
admirada reverencia.

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