El Tajo y los vinos de la Orden de Santiago

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L. Martín

Fte. Madrid Enoturismo

En las tierras recibidas del rey Alfonso VIII como pago de favor en la lucha contra la dominación musulmana, la Orden de Santiago hizo florecer la viña.

En 1170, el rey Fernando II de León y el Obispo de Salamanca, Pedro Suárez de Leza, piden a 13 caballeros conocidos como «Frates» o «caballeros de Cáceres» la defensa de la capital extremeña. El 29 de julio de ese mismo año nacía definitivamente, en el Reino de León, la Orden de Santiago, institución de carácter religioso y militar que tenía como principal misión proteger a los peregrinos del camino de Santiago y hacer retroceder a los musulmanes en su intento por ocupar la Península Ibérica. Ya en 1172 habría extendido su actividad a Castilla, e inmediatamente después a Aragón, Antioquía, Francia, Inglaterra, Lombardía y Portugal.

Durante el largo período de la Reconquista, los monarcas de las tierras restauradas fueron cediendo tierras y privilegios a la Orden. Los territorios de lo que hoy denominamos «Subzona de Arganda» no quedarían ajenos y fueron puestos bajo su protectorado en tiempos de Alfonso VIII. La presencia de sus caballeros y priores sirvió para dar carácter de permanencia tanto a antiguos asentamientos como aquellos otros surgidos de las victorias militares.

Y mientras la línea avanzada continuaba restaurando el cristianismo, en la retaguardia florecía la agricultura: la comarca del Tajuña, tributario del Tajo —que durante siglos ejerciera de frontera natural entre los reinos cristianos y Al-Ándalus—, vio prosperar su viña, que desde la era de dominación romana no había vuelto a avivar el esplendor de entonces. Habitada por los vestigios de bastiones medievales, esta ruta invita al transeúnte a revivir uno de los más reseñables impulsos de la historia de la viticultura madrileña.

El lugar se convierte en núcleo vitivinícola a partir de 1174, cuando Alfonso XI, Rey de Castilla, cede a la Orden de Santiago el Castillo de Alharilla -sito a 12 kilómetros y en la siguiente parada de la ruta, Fuentidueña de Tajo- y sus términos, entre las que se encontraba Villarejo de Salvanés. En los siglos xv y xvi, y ya convertida en Encomienda Mayor de castilla, la villa era reconocida por la actividad de sus viñas.

La torre de la fortaleza, que todavía hoy se eleva en el centro de la localidad junto al Santuario de Nuestra Señora de la Victoria de Lepanto, fue restaurada. Sobre sus muros se distingue el imponente blasón de la Orden, la Cruz de Santiago, dando buena muestra de un esplendoroso pasado hoy casi olvidado.

Nos acercamos al valle del río Tajo. El paisaje se señala a través de los suelos calizos con predominio de formaciones sedimentarias, y el horizonte es dominado por colinas de encinas y olivos. Un par de kilómetros antes de llegar a Fuentidueña de Tajo, la salida 59 de la A–3 nos anuncia que pronto abandonaremos el silencioso firme de la autopista.

Los restos de la torre del Castillo de Fuentidueña —hoy conocida como Torre de los Piquillos—, de más de 30 metros, dan una imponente bienvenida al visitante. Aunque hay restos prehistóricos, romanos y visigodos —necrópolis visigoda junto a la Cañada Real Soriana—, el asentamiento más importante se registró en torno a la desaparecida fortaleza musulmana de Alharilla, enclave árabe destinado  a detener el avance de los reinos cristianos.

Antes de continuar el camino recomendamos detenerse al final del Paseo Miguel Hernández y saludar al Tajo, por primera vez en la ruta, para observar la avifauna, para aprender piragüismo o disfrutar de la piscina municipal en verano.

En la primera parte del recorrido hasta cruzar Villamanrique de Tajo intuimos la importancia de las aguas del río para la agricultura de la zona. El desvío hacia Belmonte de Tajo es toda una declaración de intenciones: las viñas, el cereal y los olivos introducidos por los romanos hace 2000 años salpican el paisaje.

La Orden de Santiago jugó un papel fundamental en la ocupación de Pozuelo de Belmonte -así llamaron los primeros pobladores a esta localidad por rodearse de “bellos montes”-: los documentos de los siglos xiii y xiv dan constancia de los pleitos y disputas por la propiedad del territorio entre la Orden y el Obispo de Segovia, al que pertenecía la jurisdicción por donación del rey Alfonso VIII.

Ya en colmenar destacan en la localidad su plaza de trazado circular y la Iglesia Parroquial Nuestra Señora de la Estrella. Tras convertirse en un poderoso baluarte árabe, en 1139 es reconquistada por el emperador Alfonso VII que le otorga el Fuero del Término de Oreja. En 1171, Alfonso VIII dona su territorio a la Orden de Santiago junto con el castillo de Oreja en Ontígola, Toledo, y que se visitará como último hito de esta ruta.

Además de su tradicional Plaza Mayor, las construcciones porticadas y galerías rememoran su relevancia como núcleo urbano desde la Edad Media –y que en diciembre de 2013 fue declarado Bien de Interés cultural-. El Museo Municipal Ulpiano checa, la proliferación de cuevas y edificios dedicados a la cultura del vino, lo convierten en una parada indispensable en nuestro camino. Recordemos que fuera importante centro de producción de tinajas.

El trayecto más largo de la ruta, de 38 kilómetros, podemos dividirlos en tres tramos. Los primeros 10 kilómetros consistirán en un descenso hasta llegar nuevamente al cauce del Tajo. Metros antes de llegar al Tajo deberemos tomar el desvío a la derecha en dirección a Villaconejos.

El segundo tramo, de 20,5 kilómetros, discurre por el valle del río. Pronto se reconoce no sólo la idoneidad del terreno para la agricultura, sino la importancia adel perfil orográfico que sirviera de frontera entre los reinos cristianos y AlÁndalus.

En un momento se podrá divisar el final de ruta, la imponente torre del castillo de Oreja, pero habremos de continuar para poder cruzar el río y volver a nuestro camino en las inmediaciones de Aranjuez. Las majestuosas entradas arboladas a la villa anuncian la posibilidad de los largos paseos junto a los jardines del Palacio Real y el Jardín del Príncipe que se encuentra a la derecha de la carretera.

El tercer y último tramo, de 7,5 kilómetros, discurre en una parte importante por una vía sin asfaltar, aunque ancha y de fácil acceso. Deberá tomarse el desvío a la izquierda, donde indica «Finca de Sotomayor»; a 900 metros hay una entrada jalonada por dos bloques blancos, que tras cruzarse, y a 6 kilómetros, divisaremos el fin de ruta, el castillo de Oreja.

En las antiguas orillas del Mar de Ontígola, hoy reducido a una pequeña laguna, dónde florecería la desaparecida ciudad de Oreja, la ruina de la poderosa edificación domina el paso del Tajo. Aunque tiene sus orígenes en el asentamiento romano de Aurelia, vive su más agitada historia entre la derrota cristiana de la Batalla de Uclés (1108) y el asedio dirigido por Alfonso VII de León con tropas gallegas, toledanas, extremeñas y leonesas que provocara su definitiva rendición por hambre y sed (1139). Desde ese momento se adscribe a la Orden de Santiago para la defensa del territorio reconquistado.

Es posible ascender a lo alto del promontorio por alguno de los caminos sinuosos que salen de las inmediaciones.Desde allí, la vista del valle se reconoce como el verdadero regalo que Alfonso VII hiciera a la Orden de Santiago hace casi nueve siglos. Si todavía quedan energías, se recomienda volver y disfrutar de la ciudad de Aranjuez, su Palacio Real y la visita a las 2 bodegas de Madrid Rutas del Vino.

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