La Mirada invisible

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Mayca Margon

A esa hora del día, en ese tiempo, en el momento mismo en que los pájaros levantan las ramas y se desperezan abriendo el pico en un bostezo que culminará en el primer piar; en ese instante teñido en blanco y negro, el espacio abrumado y la tierra perfumada, cuando el coqueto cielo se viste de bordados algodones, y la elegancia de los árboles, arbustos, tallos, flores… pone colores a la naturaleza saldando así la deuda contraída por existir; cuando la atmósfera es puramente respirable, la caricia del aire limpia, las palabras aún por pronunciar y la brisa con timidez envuelve de gris transparente con lazo de regalo la limpieza inconsciente de los pensamientos, entonces, en silencio, sin aviso, sin predicción, sin saber qué, cómo, nada más…a esa hora del día, únicamente a esa hora del día… la mirada invisible se extiende, se estira, se hace inmensa, y se alimenta de un nuevo comienzo, de otro despertar.

Pasa el tiempo, pero no pasa solo, que, en los lugares y terrenos visitados por el aire fresco, cada gota del embadurnado rocío refleja las milésimas de cada segundo, y en los minutos que han de morir y las horas por llegar habita la mirada invisible complementándose con cada molécula viva.

Se Hizo La Luz.

Existir o no existir deja de ser trascendente en el ambiente renovado, la memoria así lo indica. Se forma en lo esencial la atmósfera que define ser o no ser. Estar es el pago que la mirada invisible reclama por posarse sobre el suelo, suelo que todo lo sujeta, por posarse en el cielo, cielo que todo lo arropa, por posarse a los lados de la supervivencia. Reclamo que se paga de inmediato.

Comienza a contar el tiempo.

Necesito que la mirada invisible me envuelva, y que envuelva a la vez lo que me rodea, que cree las necesarias conexiones, a las que yo llamaré coincidencias, para rescatar el pensamiento colectivo ancestral, ese que fue el fiel servidor de nuestros antepasados, renaciendo las ganas de afrontar las metas impuestas, disfrutando una a una cada llegada a cada meta, unir mis fuerzas a sus fuerzas, sus reclamos a los míos, sus reproches, sus advertencias, sus ganas, sus defensas, sus alegrías, sus penas, y esperar, sin ser consciente, esperar a que ocurra aquello a lo que llamaremos milagro.

Conectar con este y todos los demás milagros es la manera de saber qué es la verdad, dónde encontrarla y definirla. Saber que mis actos tienen consecuencias y que éstos son consecuencia de los demás actos. Entender al prójimo, tolerar, asimilar, aplicar lo querido para mí a la inmensidad, sin límite que ponga cercas a las expresiones que serán la consecuencia de los anhelos. Y vivir.

No hay después, hay más debido a la alianza de la inocencia con la voluntad, alianza que bendice la mirada invisible mientras se encoge, se arrulla, se abandona a un sopor tranquilizador, permanente y mágico. Nos alivia la mirada con su invisibilidad.

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