Bichos

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Mayca Margon

HOYO, la hormiga hacendosa y desconfiada.

CIEN, la cigarra hermosa pero acomplejada.

GRAN, el grillo insatisfecho e ingenioso.

OREA, la oruga discreta e ignorada.

Por un camino de cantos rodados Orea, a veces con prisa y a veces no, camina inmersa en sus pensamientos, con el inconveniente de que a veces sí y a veces no, una piedra le impida el paso.

Entonces, dejando a un lado otras cavilaciones, intenta decidir cuál será la mejor manera de ignorar el obstáculo y seguir camino. Y lo consigue antes o después.

Confundida con los pequeños granos de tierra Hoyo espía con recelo todo lo que ocurre a su alrededor, mientras Cien que se mantiene fuera del camino atiende cualquier cambio en el mismo, intentando con gran dosis de inseguridad no hacer ruido. Gran, el impredecible grillo hace notar su presencia parado con prepotencia en medio del camino emitiendo acústicas señales de atención dirigidas a la hormiga y a la cigarra, demandando ser informado de todo lo que ocurra. Y ocurre que Orea ha de pasar por ahí.

Esto no les gusta nada a Hoyo, Cien y Gran, pensantes convencidos de que el terreno es suyo y se preparan para hacerle saber a Orea que ha de pagar peaje. Saben quién es, saben lo que llegará a ser y han reunido el armamento necesario para impedirlo. Lanzarán sobre su cuerpo tantas piedras como les sea posible.

Lo que hasta ahora no se ha contado es la gran amistad y entendimiento, a las claras fingido, que unía a estos bichos cuando todo era llano y sin obstáculos.

Al aparecer éstos, que es la manera que tiene la vida de atarnos a ella, cayeron en la cuenta de que Orea, pasado un tiempo, no encontraría impedimento que la frenara. Podría volar alto. La envidia que ya no retenían hizo de las suyas, les cegó impidiendo que vieran cuál era la propia naturaleza de cada uno. La inquietud que les embargó se convirtió en obsesión dejando su propio existir de lado y dando paso a la maldad que ya sin tapujos acechaba.

Por un camino de cantos rodados… Orea, ilusionada por los objetivos que alcanzar y contenta por el camino ya recorrido, es ajena al injurioso plan de aquellos que la culpan de servirse del juicioso y emprendedor sentido para enfrentarse a los avatares de la vida. Preguntándose si en todos los lugares del camino impera la buena fe, Orea intuye que algo no va bien, adivina la posición en la que actúa cada bicho para frenarla. Calibra el daño que aún puede padecer, y resuelve pacientemente.

La crisálida protege a Orea de las piedras que caen, por un momento cree ser machacada impidiendo su renacer. Se remueve dentro del capullo notando como se debilita. Un obstáculo más, piensa, si estoy quieta evito deshilachar mi envoltorio, si no se deshilacha aguantará los golpes.

Ante mi condición natural no hay daño que sufra si yo no quiero. No pueden evitar que sea una mariposa.

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