El último baile

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Iván Romero

Escribir es siempre una elección entre mil expresiones de las que muchas veces ninguna te satisface. Nunca sentarse a escribir unas líneas había sido tan difícil. Nunca con tanta emoción me había sentado para escribirlas.

De pequeño me enseñaron que cuando surgiesen problemas había que leer, aprender, resolver los interrogantes y acudir a la literatura especializada. Hoy no sé dónde acudir, porque a pesar de lo preparados que estemos y a pesar de la edad que tengamos, la muerte siempre descoloca las cosas que tenemos muy adentro, desencadena unas reacciones que nos sorprenden y se liberan recuerdos y sensaciones que creíamos olvidados.

El dolor por la muerte de un ser querido viene en forma de oleadas, te golpea y se va cancelando la normalidad de la vida. Primero viene el dolor por la pérdida. Después el duelo. Y si el dolor es algo pasivo, algo que pasa, el duelo es el acto de lidiar con el dolor. Y requiero mucho por nuestra parte.

Hace ya más de un mes que nos dejaste. Pero no te has ido. Suena a tópico, pero es así de cierto. Porque estás presente en nuestro día a día. Desde que aparecieron los indios, como siempre decías, batallaste con ellos; primero de manera silenciosa, discreta. Después, en cruenta batalla. Y si ganaron fue porque no jugaron limpiamente, porque hicieron trampas. Y por ahí no, tu siempre ibas de frente. No creo que nunca los indios hayan encontrado un rival tan concienzudo, tan constante y con tantas ganas de ganar la guerra. Porque batallas les ganaste muchas. Por eso optaron por jugar sucio.

Tío, eras muy sabio. Todos los que estábamos cerca de ti aprendíamos contigo, de cualquier cosa. No había orden alguno en el que no nos enseñaras algo. Ahora veo con claridad que estar cerca de quien ha alcanzado un alto nivel de sabiduría alienta el aprendizaje. Y así pasaba estando a tu lado. Todos estos años he observado cómo la fuerza que fluye de esa presencia es perceptible hasta tal punto que, cuando la cercanía física ya no es posible, esta energía continúa reflejándose de forma sutil. Espero que nunca nos falte.

Siempre alegre porque entendías que la alegría era un sí espontáneo a la vida. Eras una de esas personas a las que uno admira sin apenas reservas, con cuya compañía disfruta. Hiciste de la bondad una de tus señas de identidad; una bondad bien entendida, nunca insensata. Firme defensor de tus principios, luchaste por todo lo que considerabas que era justo y que valía la pena. Ni la edad ni la enfermedad te habían arrebatado la pasión y el coraje. El mayor honor y el mayor prestigio es hacer de forma intachable lo que uno sabe hacer. Y tu llegaste a las más altas cotas de ambas cosas.

Todos los que te queremos no queremos olvidar ningún recuerdo, no queremos confundir unos días con otros. Porque olvidar es perder. Y si algún recuerdo nos encoge el corazón, pero también nos abruma por su belleza es el del paso a dos poco antes de dejarnos con quien te ha acompañado siempre, fiel escudera, ejemplo intachable de entrega. Siempre recordaremos el último baile.

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