Abuelas

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Mayca Margon

Recientemente leí sobre la infancia, la influencia que tiene sobre cada persona en la edad adulta y lo completa, satisfactoria o relativamente feliz que ha de ser y puede ser. Llegué a la frase “ EN LA INFANCIA LA FELICIDAD SE CALIBRA POR LA PRESENCIA MAYOR, MENOR O NULA DE LOS ABUELOS”. Y la releí, y la sopesé y la mastiqué. Me sorprendió descubrir como una verdad tan simple se transforma a nada que se piense un poco con ternura en uno de los cimientos más sólidos del arte de vivir.

Abuelas. Ellas que regañaban a su retoños pero no consienten una voz en grito hacia sus nietos. Ellas que escondían los caramelos, recompensa ofrecida a los hijos, y ahora los ponen por toda la casa en pequeños platitos. Esas que no tuvieron tiempo de jugar con los críos cuando eran madres pero se sientan en los escalones y restriegan sus faldas por el suelo para que el juego sea mas completo y satisfactorio para su nieto. Abuelas.

Mi abuela. Mi abuela guardaba en el bolsillo de su delantal negro y gris cosido de retales, perrillas que dejaba caer descuidadamente, pero como que no, y con intención de que yo las descubriera. Pasaba varias veces por el mismo lugar de la casa quejándose de lo sucio que estaba todo. Entonces me daba un trapo limpio y a limpiar. Me guardaba cada monedita en el bolsillo de la faldita que me confeccionó ella.

Mi abuela, que no regalaba besos, giraba la cabeza con un golpe brusco del cuello para que yo depositara uno en su cara, repitiendo el gesto pues para ella NO HABÍA SONADO, mientras con un gesto serio y de falso malhumor me hacia ver que no se movería del sitio hasta que sonara a beso de nieta.

Mi abuela cocinaba mejor y más. Me ofrecía en un plato liso de Duralex una tortilla de patatas de color sol con nata que olía a lo mejor que quisiera yo comer en ese momento, que curiosamente era tortilla de patatas. Ya no la he olido ni comido en años. Mi curiosidad se transformaba en misterio pues mientras me la comía pensaba yo CÓMO ERA POSIBLE QUE ESA MUJER CON MOÑO GRIS Y DELANTAL NEGRO SUPIERA TANTO DE MÍ. Mi abuela se sentaba en un taburete bajo de madera delante del fuego bajo de la cocina y removía con el cucharón de palo el cocido, que ya alimentaba sólo de olerlo.

Mi abuela.

Qué no contó nunca los malos tragos que le hizo pasar la vida. Qué hacía señas con sus miradas. Qué guardaba las sábanas más blancas para mi cama recién hecha. Qué adoraba a sus nietos como a sus hijos y que veía en ellos una prolongación de su vida en este mundo.

Mi abuela fue madre como supo ser y fue abuela a conciencia y yo que no fui la nieta perfecta no me atreví nunca a preguntarle si YO PODÍA SER COMO ELLA.

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