El cristal

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Mayca Margon

Transparente, limpio, claro, frío al tacto.

Sinónimo de “separación” y “división“, frágil en su propia naturaleza.

Nos vemos y no nos vemos a través de él. ¿existe más vida que la que se refleja? ¿Hay otra vida si lo traspasamos y nos hundimos en su sutil magia? el cristal.

No solo separa la salita de estar, las cuatro acogedoras paredes donde se ensaya el duelo, de habitáculo cerrado que, por el mismo hecho de verse tras el cristal lo hace aún más claustrofóbico. ese cristal separa la vida de lo que ya no lo es, la lágrima de la risa, la alegría del dolor. Nos separa. Nos divide.

Y mientras miramos al vacío el colorido de la corona de flores y la luz de la vela artificial que resulta tan impostora como la muerte en ese momento, interiormente los ojos están viendo los recuerdos en los que nos empeñamos engrandecer con tristeza, la mente escribe sobre ese vertical cristal, con el vaho del aliento, las glorias pasadas y las penas tatuadas.

La existencia, que es la causa del desconocido motivo (quizá su secreto esté cobijándose en el universo) por el que se forma una vida, es la misma que cuenta, y esta vez sin desconocimiento ni ajeno ni propio, el desvanecer del alma, la desaparición del cuerpo. Momento en el que al otro lado del cristal en la habitación de sillas con respaldo y sillones de ancho fondo donde se fatiga la mente y los pañuelos recogen el llanto, un pequeñísimo instante en el tiempo pero eterno en el espacio el aura de los que están se aúna con el espíritu de los que se han ido. Todo es un todo. No hay partes individuales. No se entiende nada. No hay explicación. la conciencia completa el pensamiento inconsciente a la vez que una sensación colectiva pasa de una mirada a otra, y de ésta a otra más con una sola pregunta “¿Vivir es morir ?”

Quizá sea así. No hay muerte si antes no se ha vivido, hermano. No están en el cristal las respuestas, aunque indagar sobre su superficie apoyando la frente en su lisa textura y recogiendo con las manos el hielo que desprende la configuración de sus moléculas sea parte del consuelo.

No están en el cristal tampoco las preguntas que ensombrecen las esquinas huecas de polvo y otros restos, las preguntas que el cristal no contesta porque esa es su meta. Siendo el límite creado por esa barrera transparente sin aparente síntoma de piedad lo último que la muerte enseña de la vida y lo primero que la vida enseña de la muerte, la necesidad de golpear lo que no se toca, de destrozar lo que mantiene aún abierta la herida, de arrancar el cristal, hacerlo trozos y llevarse uno para entender en la seguridad del hogar y alejándose del final el sentido de dar al corazón latidos, al pulmón oxígeno; rematada la mente perece el raciocinio.

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