Un amigo: se llama Antonio Chelle

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Pepe Balboa

Posiblemente habrá alguna persona que me pueda tildar de anacrónico. No dudo que lo sea, pero no en estos instantes ni por lo que digo. Confirmo que el amigo que cambió de dimensión “se llama” porque solo pasan al pretérito los olvidados. Los que no dejan tras de sí, la huella de un bien vivir en honestidad, en rectitud y en darse a los demás. Antonio Chelle es una gran persona que siempre se da, hasta donde su dimensión humana se lo permite. Cambió de dimensión, sí, pero su ejemplo sigue vigente entre nosotros y seguirá así mientras en nuestro pueblo haya personas que, por trato directo o transmitido, imiten su manera de respetarse a sí mismo y a los demás.

Le conocí hace ya muchos años. Apenas teníamos trato en la proximidad. Yo viajaba mucho y compartía muy poco tiempo con mis vecinos de Fuentidueña. Cuando ya me afinqué en este pueblo, mi pueblo, de la ribera del Tajo, comencé a tratar más a Chelle. Sobre todo, cuando desempeñaba una labor que le encantaba: arbitrar partidos de fútbol. Hasta en eso era honrado. A partir de mi regreso a España, coincidimos en nuestras labores profesionales. Su actitud en la empresa era modélica, solo la rompía un poco, si ello no perjudicaba a nadie. Atender mis requerimientos con la prontitud de un reloj suizo. A las máquinas de mis obras nunca le faltaba el combustible cuyo suministro era de su competencia. Repito como amigo, ejemplar. Como esposo, no hacía falta más que verle pasear con su amada Mari. Parecían siameses. Como padre, ahí está el cumplimiento evangélico: Por sus frutos los conoceréis. María del Carmen, Susana, Valentín y Mercedes, desde este bello rincón de la España rural os mando dos encontrados sentimientos: uno, el triste, el que nadie quiere encontrar en su andadura por la vida, y que es inevitable, el dejar de ver a vuestro padre en su figura física, la que menos vale. El otro y más valioso, es que tenéis un padre estupendo que si no os dio más es porque el tiempo no se lo permitió, porque, si por él fuera, se daría a sí mismo con tal de complaceros.

Antonio Chelle, me honro de ser amigo tuyo y te hago un ruego muy especial: haz de valedor mío ante el Altísimo, en cuya compañía estoy seguro que estás. Un fuerte abrazo querido amigo. Te recuerdo siempre.

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