El General Prim. Lo sucedido del 2 al 6 de enero de 1866 en Villarejo y Fuentidueña

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Juan Prim se convirtió en uno de los hombres más influyentes en la España tras la Revolución de 1868. Fue uno de los qu e patrocinó la entronización de la Casa de Saboya en la persona de Amadeo I.
El atentado que sufrió la noche del 27 de diciembre de 1870 en la Calle del Turco de Madrid -hoy Calle del Marqués de Cubas- le costó la muerte tres días después.
En el número anterior esta revista nos hacíamos eco de un hecho histórico recogido en los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós. El General protagonizó su pronunciamiento en Villarejo y su huida por Fuentidueña. Sucedió entre el 2 y el 6 de enero de 1866.

2ª PARTE.
La HUIDA por FUENTIDUEÑA


Si Alicante y Valencia, como se anunciaba, respondían al movimiento el mismo día 3, apuradillo se vería el Gobierno para acudir a echar agua en tantos incendios. Llegaron asimismo en el curso de la noche paisanos catalanes, entre ellos uno muy arrogante y decidido, cabecilla de agitadores a quien llamaban el Noy de las Barraquetas. La misión de estos era salir de allí con proclamas, que irían repartiendo en todo el transito hasta Barcelona… Nadie durmió aquella noche, nadie pudo eximirse del delirio expectante, del presumir y anticipar el suceso futuro que todavía era un enigma. En las cabezas grandes y chicas ardían hogueras. Las llamaradas capitales Prim y Libertad, serían muy pronto Paz, Ilustración, Progreso, Riqueza, Bienestar…
Desde el amanecer, la humilde Villarejo, comúnmente silenciosa y pacífica, parecía un campamento. Calatraba y Bailén y la turbamulta de paisanos, fueron recibidos con grande estrépito de aclamaciones. Acto seguido, las improvisadas cantineras servían a los sublevados, vinos de la tierra y agurdiente del vecino Chinchón, venia como llovido a confortar los aterridos cuerpos y a encender en las cabezas los sentimientos más patrióticos. Un vértigo de organización corría de un lado a otro y las ordenes restallaban a lo largo de las calles villanescas, como las tracas de la fiesta valenciana. ¡Caballos, hacen falta caballos! De Huete, de Tarancón y Aranjuez vinieron como dos docenas, parte montados, parte conducidos por patriotas. Al fin, como se pudo se arregló que tuvieran cabalgaduras los amigos más inmediatos a Prim y los demás que se apañaran borricalmente o en los camellos que la Casa Real había instalado en Aranjuez. Frasco Monteverde era hombre modesto, sencillísimo afable, gran corazón y uno de los amigos más adictos y leales que tuvo don Juan Prim. Pavía no se dejó ver en la calle, atento al estado de ánimo del general, que a las seis de la madrugada extrañaba no haber recibido aviso de hallarse en marcha los sublebados de Alcalá; a las ocho comenzó a sentir inquietud y a las diez, impulsos de montar a caballo para salirles al encuentro. En el pueblo corría la voz de que los de Alcalá estaban ya en Pozuelo de Rey; pero ¿quién había traído la noticia? Los pájaros, el deseo tal vez.
Ello era que no sin motivo estaban todos en ascuas… En estas ansiedades estaban los más allegados a Prim cuando llegó a Villarejo, reventando el caballo, un capitán llamado don Bernardo del Amo con la tristísima nueva de que las tropas de Alcalá no habían podido salir y que las de Madrid se quedaban en sus cuarteles, esperando mejor ocasión.
Si el horrible desengaño dejó a los pobres insurrectos enteramente aplanados y casi sin respiración. Prim oyó con frío dolor la noticia, era un toque más de la fatídica trompeta del fracaso. Sobre los entusiasmos de Villarejo se desplomó el cielo con toda su pesadumbre glacial de tenebrosas nubes,
El reino de la Justicia y la Libertad que intentaba conquistar se alejaba cuando parecía estar al alcance de la mano… Ante el nuevo fracaso le forzó a aguzar su entendimiento para decidir pronto si debía volver a su casa vestido de cazador, como vino o ceñirse la espada y montar a caballo para salir a una fugaz aventurilla en los campos manchegos. Lo primero era desairado; lo segundo, peligroso. Optó por lo peligroso, solución más conforme con su altivez. Había llegado a Villarejo con la ilusión de reunir un ejército como el que O´Donnell llevó a Vicálvaro y el mons parturiens no le dio más que los húsares de Aranjuez y Ocaña, seiscientos ochenta y cuatro hombres, más la irregular cuadrilla de paisanos armados.
Corría el riesgo de ser acosado por tropas que O´Donnell mandara en su persecución. Podría sobrevivir algo feliz entre tantas adversidades. Aún no se tenían noticias de Ávila, ni de Zamora si cumplían en Castilla y Valencia y Tortosa no se había dormido. Quizás el alzamiento, que tan torcido nació en Villarejo, podría enderezarse, cobrar aliento y vida…Adelante y Dios dirá. Decidido a probar fortuna y sin oír otra voz que la de su corazón salió Prim al campo, arengó a sus húsares, que le respondieron con vítores ardientes, quedó dispuesto a que se dedicara la noche para el descanso, pensando en lo que tenían por delante.
En las primeras horas de la mañana del 4, con un frío casi glacial, salió de Villarejo la tropa sublebada, los batidores y cornetas iban saliendo del pueblo… El capitán ha dicho al pasar por los pueblos se guarde el mayor silencio y que de haber gritos, sea no más que ¡Viva Prim! ¡Viva la Libertad! Pasaron por Fuentidueña sin tropiezos, Prim y sus húsares aclamados, aunque nadie sabía si traían la victoria o iban tras ella… Lo primero que hizo Prim, una vez que paso el Tajo, fue mandar cortar el puente, incomunicando así su ejército con las columnas de O´Donnell que había de mandar en su persecución. Sin detenerse dejó la carretera y se encaminó a Santa Cruz de la zarza, donde pernoctó.
De Santa Cruz salieron el día 5 buscando los caminos manchegos. Por su excelente espionaje supo Prim que el general Zabala le perseguía con tres batallones de infantería, seis escuadrones y ocho piezas de artillería. Habían llegado a Villarejo en la noche del 4. ¡Qué acertado fue inutilizar el puente! Zabala no podía seguir otro camino que el de Colmenar y Aranjuez para cortar el paso a los sublebados. Prim picó espuelas y arreando toda la noche al amanecer del 6, divisaba los molinos de viento de Tembleque, descabezando su sueño, en camino a Portugal..

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