«El Tope» 40 aniversario

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D.R. Peña «El Tope»

Estas fiestas de 2020, “El Tope” habría celebrado su 40 aniversario. Las circunstancias tan especiales que estamos teniendo han hecho que este aniversario quede aplazado; no sabemos si para bien o para mal, porque haber celebrado este año el 40 aniversario con la mala fama que está pillando el cuarenta con la cuarentena y que acabamos de llegar a cuarenta millones de infectados de Covid-19 a nivel mundial, tal vez sea mejor que el 40 aniversario sea el próximo año y realmente sea una celebración que nos quite el mal recuerdo de la palabra cuarenta.


Pero ahora queremos contarles cómo fue el comienzo de “El Tope”.
Era el verano de 1981 y los Terrés estaban en los melones, en la zona de la Zamora. Juan Andrés Terrés, que por entonces era un chaval (ahora está hecho un chaval), le dijo a su hermano mayor Raimundo: “¡Chache!, estoy pensando que si la Virgen viene desde la Ermita acompañada con velas y antorchas, podríamos bajar nosotros por el río con una antorcha”.


Cuando llegaron al río, a la zona del Puente Viejo, se lo dijeron a los amigos y amigas con los que se bañaban habitualmente. Empezamos a nadar de puente a puente con un palo en la mano, entrenando todos los días. Eran otros tiempos.


Por la noche, sentados en la terraza del bar, quien nos había visto por el río nadando con un palo en la mano, nos preguntaba: “¿Qué es lo que estáis haciendo por el río con un palo?”
Y así un día tras otro. Y es que la curiosidad es muy insistente. Hasta que un día uno de nosotros (probablemente Jesús Terrés “Susi”, porque es mucho recordar) dijo: “Estamos preparando la Operación Tope”, que es tanto como no decir nada, porque les dejas igual, pero ya queda medio satisfecha su curiosidad.


De esta forma tan simple nació “El Tope” y como la cosa resultó bien, pues para el año siguiente ya teníamos creada la Peña “El Tope”.


A lo largo de todos estos años que llevamos bajando con las antorchas por el río, son bastantes personas las que han pasado por “El Tope” y lo han dejado y en cada caso hay que analizarlo individualmente. Unas han estado poco tiempo, otras más; unas simplemente se han ido, otras han vuelto después de unos años cuando sus circunstancias personales han cambiado, especialmente como consecuencia de la maternidad. Otras llevan desde el comienzo. A todas ellas, el agradecimiento de las que estamos actualmente.
Esto al fin y al cabo es como un deporte y como en todo deporte, también hemos tenido nuestros accidentes, tanto en los entrenamientos como en la propia noche del sábado. Desde que en la mañana del sábado en los entrenamientos te de un tirón en una pierna impidiendo participar por la noche, como tener que apagar la antorcha y salirse en las Islas por un corte. O apartarte a una orilla antes de llegar al Puente porque del esfuerzo tienes problemas de respiración. Esto implica que perdemos dos, porque alguien tiene que quedarse a su lado como apoyo por si acaso. Quien lo haya visto todos los años, puede haberse dado cuenta de estas incidencias y esto, a pesar de haber entrenado.


Actualmente no tiene la espectacularidad que podía tener hace años, cuando el final era con un salto desde lo más alto del puente, especialmente cuando cambiamos el salto al lado oeste del Puente para que se pudiera ver. Eran tres los que saltaban. Pero también es cierto que en estos años todo ha cambiado. El Tajo trae bastante menos agua, es también más estrecho y como consecuencia mayor el riesgo al tirarse desde el Puente y más en una zona que no es la habitual. El riesgo mayor es encontrarte una rama o tocar el fondo, teniendo en cuenta que es de noche. Además, los años no solo te dan edad, también sensatez y no queremos asumir riesgos excesivos ni para los jóvenes ni para los menos jóvenes.


Alguien podría decir que si hubiera más gente sería más espectacular y llevaría razón si esto fuera posible pero la anchura del río nos limita mucho. El año que llegamos a 20 nadadores con antorcha no cabemos en el río; cuando hacemos la horizontal los nadadores que están en las puntas están tan metidos en la orilla con las algas, que se las ven y se las desean para poder nadar. Antes no teníamos problemas siendo 22. Y lo peor es que el río es cada año un poco más estrecho.


En “El Tope”, el abanico de edades es muy amplio, pues hay más de 45 años de diferencia del más joven al más viejo; hay desde solteros hasta abuelos, todos tienen cabida y poco a poco se va produciendo un relevo generacional. Como en todas las cosas, tiene que haber gente joven, pero también gente con experiencia. Mujeres y hombres y de los que llevan desde sus comienzos, podemos decir eso de “quien tuvo retuvo y guardó para la vejez”. Y es que a pesar de los años, cuando nos metemos al agua rejuvenecemos, tal vez sea por la añoranza de otros tiempos.


Cualquiera que conozca bien “El Tope” diría que su columna vertebral son sus chicas y decimos chicas aunque ya sean mujeres. ¿Cómo podríamos llamarlas de otra manera cuando llevan desde los 15 y 16 años? Son las más formales a la hora de quedar para entrenar, nadan bien y cuando acaba el entrenamiento, siempre alguno dirá: “las mejores las chicas”. Y por si fuera poco tienen que aguantar a los chicos, ya sean jóvenes o viejos.


La verdad es que “El Tope” es como una familia. Y es que los lazos familiares entre nosotros son muy estrechos, hermanos, primos, tíos, sobrinos, padres, hijos.


Pero parte de todo esto es también nuestra familia, la que no está en el río con la antorcha. Desde los primeros tiempos ya fuera familia o amigos nos esperaban en el Puente, fuera del agua con la ropa para vestirnos.
O los años que llevamos sin ver la pólvora juntos, nosotras y nosotros por debajo del Puente y nuestros respectivos cónyuges en otro punto cargados con los niños. En algunos casos ya han crecido, en otros los tienen recién nacidos. A ellos, perdón por estos años, pero ya sabéis que esto nos gusta y esperamos continuar otros tantos años más, hasta que el cuerpo diga que es hora de retirarse.


¡Viva la Virgen de Alarilla!

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