Las rosquillas de San Isidro, las de la Tía Javiera en un artículo de Jacinto Benavente

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Por Jacinto Benavente para el diario ABC en el año 1950

Aparte el ayuno y abstinencias en Cuaresma y   Semana Santa, nunca he podido explicarme   la   relación que pueda haber entre los ritos religiosos y los gastronómicos. Lo cierto es que a determinadas festividades religiosas ha ido de siempre vinculada la ingestión de determinados comestibles. En Navidad, con mayor profusión y variedad, el pavo y el besugo; turrones, mazapán y,  como decía un personaje de Bretón de los Herreros: 

Por vida de Melisendra,

Lo mejor de la función,

Se me olvidaba, la

Consabida sopa de almendra.

Por la Festividad de los Santos, los buñuelos de viento: por San Antón, los panecillos y por San Isidro, las rosquillas.

En honor a la actualidad me limitaré a la consideración de estás últimas. Quizá de ninguna golosina pueda ofrecerse tanta variedad en sabor, tamaño y aspecto. De rosquillas sólo habría para escribir un voluminoso libro de repostería.

Las llamadas del Santo son de tres clases: las tontas, las de Fuenlabrada, o de yema, y las de Villarejo de Salvanés, o de la Tía Javiera, que por rosquillas hizo famoso su nombre y el de su pueblo. Todavía se recuerda el anuncio: “Yo, como la verdadera Tía Javiera, no tengo hijas ni sobrinas”; porque eran muchas las que se anunciaban, cuando la tía Javiera ya había muerto, como verdaderas sobrinas de la Tía Javiera.

Por haber sido mi padre médico titular de Villarejo de Salvanés y por ser de allí mi madre, he tenido cabal noticia de la verdadera tía Javiera y de su descendencia. Cuando yo nací, ya no existía la tía Javiera, que, en efecto, no había dejado hijas ni sobrinas, pero si una sobrina segunda, que todos los años, por San Isidro, venia a Madrid y tenía su puesto con las mas legítimas rosquillas de Villarejo y de la tía Javiera. De niño, iba yo con mis padres a la Romería, en la víspera del Santo, y mis padres, que conocían a la vendedora, compraban en su puesto las rosquillas. No vestía de lugareña, como las de otros puestos similares, vestía a lo señora de pueblo y llevaba al cuello un collar de aljófar de muchas vueltas. Hablaba con mis padres de sucesos y personas del pueblo y me obsequiaba con una rosquilla. Podía yo haberme olvidado de todo, pero no me he olvidado de la rosquilla; a la rosquilla van engarzados el recuerdo del collar de aljófar y del señoril agrado de la vendedora al departir con mis padres y celebrar mis ojos.

Las rosquillas especiales de Villarejo eran las de baño y blanco, y la gracia de ellas estaba en que el baño no se cuarteaba ni se desprendía al partirlas. Su elaboración era muy esmerada. Sus componentes, harina, huevos y azúcar habían de ser de la mejor calidad.

Hoy ignoro si se mantiene la elaboración en Villarejo, ni si vendrán todavía a venderlas a la Romería, ni si quedara alguna descendiente de la tia Javiera, cuya memoria en Villarejo, con algún monumento o lápida por lo menos.

¡Romería de San Isidro! Más de sesenta años hará que no he vuelto a ella. Entonces yo ni miraba, ni me daba cuenta de que allí cerca estaban tres cementerios. ¿Quién pensaba en la muerte? Hoy, de todo ello, sólo vería un cementerio, en el que descansan seres queridos, con los que yo fui tantas veces a la Romería a comprar las rosquillas de Villarejo, las verdaderas rosquillas de la Tía Javiera, ¡Cómo se sucede y se encadena la vida! Por mis padres supe yo que la tía Javiera, a la que ellos habían conocido; por mi abuelo materno supe de la Guerra de la Independencia, de la que el tenia recuerdos de niño; y así se van enlazando los siglos, de unas generaciones en otras; generaciones que, como dijo Homero, van cayendo como las hojas de los árboles.

Pero si las hojas suceden otras hojas, a las generaciones suceden nuevas generaciones, y de unas a otras, el recuerdo, de padres a hijos. Y así, yo puedo contar episodios de la guerra de la Independencia por mi abuelo y puedo saber de la tía Javiera por mis padres…¡Napoleón y la tía Javiera! Lo grande y lo pequeño… y todo es la Historia y todo es la vida.

Y ¿nosotros? Las hojas que van cayendo, van cayendo… Dice un poeta:

Dentro de algunos años,

¡los años serán horas!,

Días hará que he muerto

¡los días serán siglos!

Y olvidado de todos…

De ti, aunque no lo creas.

Será toda la muerte

¡la muerte y el olvido!.

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