Para ti, con el corazón en la mano

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Esteban Garcia

Una vez más me ha llegado el anuncio del nuevo lanzamiento de un nuevo número de la revistilla local. Y con ella he sentido la invitación a la colaboración. Y, tras pensarlo un poco, y superando algún inconveniente de última hora, como el “inflado”-cuestión del batería-del teclado del ordenata, tras año y pico “invitados” a la superación, al buen ánimo,…” entro al trapo, una vez más. Y es que estoy motivado desde hace más de cuarenta y cuatro años a hacerlo cuando me lo presenten. Me explicaré después.
Esta mañana los MCS aseguraban que el resultado de esta cita electoral que nos concierne estará marcado por los tristes sucesos que nos van acompañando desde hace más de catorce meses, y los que nos seguirán, más que nos pese; sucesos que nos han abrazado, impulsado y animado a superarnos.
En unos más, en otros menos, se ha acentuado una preocupación personal, y también colectiva, por la salud física, por el temor a recibir un mal latente. Con él, la limitación creciente por las distancias, los horarios, un confinamiento generalizado. La salud psíquica va acentuándose, sobre todo por el aislamiento, la falta de afectos recibido y correspondidos, los sentimientos ahogados. La reducción del gozo en el tiempo libre, del ejercicio físico, la pérdida de empleo, junto a la dificultad de encontrarlo, las facultades económicas derivadas, y más, y más. Cada uno aporta lo suyo, y los que le ha venido.
Y con todo ello, ha superado nuestra capacidad de sorprendernos algo nuevo, inesperado. Creo, sin exagerar, que multitud de detalles a admirar como el aplauso colectivo del atardecer en los balcones al personal sanitario, y luego otros; la celebración festiva de cumples,… ¡Cuánto de admiración, de orgullo, para la imitación!
¿Y en el aspecto de la moral, lo bien o mal hecho? ¿Actitudes dignas de imitación o a superar? Hemos sido testigos de errores, de culpabilidades, de mentiras, de falsas esperanzas, noticias inciertas y mal intencionadas, de intereses partidistas por encima del bien común; y podíamos seguir llenando la página, en un sin acabar.
Y en todos me parece que está, que “algo tiene que cambiar”; pero me permito añadir: en mí, en ti, en nosotros, en los otros. “Tiempos difíciles necesitan posturas heroicas”, frase celebre del papa Pi XII en aquellos tiempos nada fáciles. Y, en este momento, habiendo citado a un papa, he pensado en la fe, que también está siendo puesta a prueba, y en dificultades sospechosas de entender.
Nuestro papa actual, Francisco, siguiendo la llamada de los anteriores, nos ha propuesto el revivir nuestra fe personal, el confrontarla con el Evangelio, el mensaje de Jesús; el “hablar de tú a tú con Aquel que sabemos que nos ama”-en palabras de santa Teresa de Jesús, nuestra santa castellana refiriéndose a la oración; el superar las actitudes rutinarias en nuestros encuentros y reuniones haciéndoles personales, vivos.
Y me ha venido a la mente ésta tan frecuente: “Yo soy creyente, pero no practicante”, por la que muchas veces me he preguntado sobre ese tipo de fe que no he experimentado.
Si has llegado hasta aquí ¡mi enhorabuena!; y como premio ahora viene la explicación anunciada en el final de mi primer párrafo.
Hacía unos años que el que escribe había sido ordenado como sacerdote salesiano y en ese momento nos acercábamos a una fecha muy nuestra: el 24 de mayo. Con tal motivo tradicionalmente en las iglesias se convoca una novena para “calentar motores”. Y el responsable del lugar iba buscando a quien podía convencerle para, durante nueve días, predicar en cada eucaristía. De uno en otro, o quizás por ser el más recientito me tocó el turno al menda. Le escuché, traté de excusarme haciéndome el humilde, busqué argumentos para delicadamente evadirme…Lo cierto es que no me apetecía lo más mínimo. Yo creía que lo mío eran los niños y jóvenes. Lo que esperaba era un nutrido grupo de féminas, la mayoría mayores, y… ¡Bueno, que no me parecía lo mío! Al final, debido a su constancia, quedó en que sí.
Y llegó el primer día. Y tal como esperaba el personal era el por mí pensado. Y ¡al toro! Salí a presidir la eucaristía, poco a poco, cumpliendo el guion, desarrollé la predicación preparada. Notaba en cada frase lo previsto: me sentía fuera de tiesto. ¿Me entenderían aquellas buenas personas lo que intentaba transmitirles con tan poco entusiasmo, a mi parecer?
Al siguiente día llegué a la sacristía con tiempo suficiente, como casi siempre intento. Y entró una señora que muy agitada trataba de explicarse atropelladamente (de ello, lamentablemente, no queda ya ningún testigo). La ayudamos a sentarse y poco a poco lo fue logrando. Y así, pasados aquellos embarazosos momentos, nos comunicó la causa de su zozobra.
Nos comunicó que había estado el día anterior en la novena, me había escuchado con interés. Y le había tocado el corazón. Su situación era de viuda, con un solo hijo, actualmente hospitalizado, muy grave. Y, al terminar los actos, se había acercado a la imagen de la Virgen, nuestra Auxiliadora, y le había dicho: “Madre, tu tienes muchos hijos, y yo solo uno. Por favor: no te lo lleves. Déjamelo conmigo”.
Esa misma mañana, sobre las doce, se había acercado al hospital militar cercano donde se encontraba, y al llegar al ventanal de la UCI, mirando… ¡Allí no estaba su hijo! Inmediatamente pensó en lo peor, dada la delicada situación que atravesaba, y cayó desmayada, víctima de los nervios. Inmediatamente el personal sanitario del lugar se acercó a atenderla mientras ella balbuceaba el nombre de su hijo, lo que pensaba no queriendo pensarlo. Y poco a poco fue entendida y capaz de entender lo realmente sucedido. Le dijeron que su hijo había sido trasladado a planta, que inexplicablemente estaba bien, fuera de peligro. Que sobre las 8,15h. de la tarde anterior, en la visita rutinaria de ese momento, la enfermera había visto sorprendida que los aparatos a los que estaba conectado daban cifras de normalidad.
A aquella hora, ella estaba hablando con tensión acumulada de buena y angustiada madre, con la Auxiliadora, tratando de suplicarle en la necesidad en la que se encontraba.
No tengo palabras para expresar los sentimientos que las palabras de aquella sencilla mujer creyente provocaron en m í y removieron mi circunstancia.
Desde entonces, al estilo de Don Bosco, hago vivo su dicho: “Voy yo”.
En estos momentos me parece oportuno el abrir mi corazón, y con ello, animar en lo posible a vivir nuestra vida con sentido, con esperanza, poniendo nuestro particular granito para que lo mejor, lo bueno, sea lo que crezca en nuestro ambiente.
¡Mi felicitación, mi enhorabuena y mi ánimo más sincero a cuantos hoy, entre vosotros, con sencillez, viven así protagonistas de una historia que avanza!

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