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Tras el letargo del invierno

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Por Luis M. González

Se aceleran los acontecimientos y se precipitan las actividades de un verano adelantado en temperaturas. La terraza se convierte en el centro llenándose, al tiempo que de algo fresquito, de chascarrillos y de paseos. congrega y reúne a los vecinos en torno a una mesa desde donde comentar.

El pueblo muestra más alegría de la habitual esta estación del año. Siempre ha sido así. Antes porque se cosechaban los frutos de una vega repleta de frutos de temporada y porque los domingueros pasaban la temporada entre nosotros. Los años han pasado y las formas también pero se siguen recogiendo frutos y seguimos recibiendo visitas que animan los rincones. Y al tiempo, los días se llenan de jornadas de campo al sol, este año, duras jornadas y de escasa cosecha. La tierra y el cielo a veces no se juntan y otras lo hacen a destiempo.

El verano nos hace sentir que estamos vivos, salir del letargo de un invierno que ha cerrado puertas y ventanas pronto cada día. En la esquina, algún fumador sujetando el muro; en la puerta otro haciendo la espera. Ahora es distinto. Se llena la calle de gente y de ajetreo que invita a subir y bajar, a sentarse y charlar.

El “Paseo Miguel Hernández” que baja hasta el río se queda corto. Se alarga dando la vuelta a los puentes hacia la izquierda o recorriendo la vega por la derecha. Y paso a paso se adelanta en el camino que termina siempre en el lugar de partida.
Nos gusta el pueblo así, entero,… vivo, a la espera de algo que está por llegar y disfrutando de todo lo nuevo.

¿Dónde hemos estado durante el invierno?

Quizás la oferta y el reclamo han sido escasos y las ganas no se han removido lo suficiente. Quizá el sofá del salón nos ha atrapado demasiado dejando para este tiempo las ganas. O quizás… No importa.

Fue.

Nos gusta ver el pueblo así,… vivo, a la espera de algo que está por llegar y disfrutando de todo lo nuevo.

Saldremos fuera unos días. Volveremos. Tenemos la suerte de tener un pueblo.

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