El Tren

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Mayca Margon

Ya no hay viaje. Viajé mientras decidía si la chaqueta era muy gruesa o si los zapatos eras los adecuados. Imaginaba las formas de las calles, los edificios y el verde de los parques a la vez que me trastornaba que no hubiera suficiente hueco en la maleta. Vislumbré las nubes y el cielo amarillo, malva o naranja que se ve en las acuarelas. Formé en el imaginario de la habitación en la que todo estaba “manga por hombro” mi particular estancia en otro lugar. Y dejó de haber límites físicos para mi mente desapareciendo las paredes al mismo tiempo que yo, con los nervios enredados en mis manos y el aire enredado en mi pelo, ya me desplazaba.
Aún me quedaba el tren.
También estaba allí.
Así que, desperezándome delante del espejo, que es la mejor forma de comenzar un nuevo día, me calé el sombrero y recorrí mi rostro con los dedos, para alisar las arrugas. Después encajé en él mi máscara de viaje.
Pasar por la estación verificando, en ese instante con los “pies en la tierra”, qué tren guarda mi asiento es un trámite obligado; trámite que yo entiendo como la apertura a mi particular carnaval.
Es el momento de alzar los hombros, respirar con profundidad, dar “vía libre a la libertad”, y quitarse el peso acumulado en los hombros y cargante en la cintura de encima; envolverse con la capa transparente que deje ver lo que soy.
La ventana del vagón a la que me he pegado literalmente no deja de arrullarme, a la vez que, en forma de nana, me susurra ya parte del viaje; es la mejor manera de saborear las pausas y degustar los ratitos
en que la mente se queda en blanco.

El asiento comienza a tomar mi forma corporal, como si fuera un molde. Yo me dejo abrazar por esa tela un poco rasposa del que está tapizado, y es así como con la mayor tranquilidad e infinita paciencia doy la bienvenida al tiempo, a todo el tiempo del mundo.
Cada nube, árbol, monte, valle, arroyo, arbusto, casa, farola, valla, cielo y tierra que se deja ver a través del cristal hacia fuera como si cada nube, árbol, valle, arroyo, arbusto, casa, farola compitieran a toda velocidad por llegar a la imaginaria meta, me retienen un poco más en el asiento, y la única sensación verdadera es la de no desear estar en otro lugar más que en el vagón del tren. No hay meta. No hay LLEGADA. No quiero moverme,
quiero adormecerme.
He llegado al destino. Ya no hay viaje. Viajé, ya no. He visto cómo las acciones más inocentes pueden transportarme para querer volver a viajar. Y disfruto de mí, en su momento, ansiado destino a la vez que sé, con seguridad, habrá otro tren, o quizá sea el mismo; viajaré para volver a casa, en el alargado, gigante, acogedor gusano de acero y metal que se alimenta de todas mis fantasías.

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