Más y Menos

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Mayca Margon

Dediqué la tarde a reconstruir, mientras simplificaba mis emociones, cada cuarto cerrado de la memoria, y en la habitación del fondo los espíritus cautos y sigilosos, descansaban en la salita de estar.
“MÁS”, vocablo monosílabo del que se me antojó actuara en concepto de nombre común con identidad propia aquel día de siesta que no me eché, clasificó cada objeto, uno por uno, lo mismo que cada mota, montaña a montaña, de polvo viejo y pisadas de huellas ajenas. Las palmas de mis manos se extendían a la vez que los dedos palpaban sin querer posarse las texturas evocadoras que obligadamente resistían el paso del incansable tiempo.
Logré reconstruir cada cuarto a la vez que me familiarizaba con las paredes desconchadas y la oscuridad reflejada en los muebles. Los cuadros colgados como sutiles jeroglíficos me indicaban entre las transparencias adheridas al cristal que protegía las láminas el grosor de las noches ya tan lejanas. Las desnudas bombillas pendían de finos cables que configuraban caminos verticales y horizontales incrustados en las paredes, pendiendo de los techos, inservibles por falta de luz eléctrica, pero recreando el resplandor de todos los recuerdos juntos.
Sin demora, la palabra MÁS se convirtió en el todo absoluto; el mundo de los vivos era el mundo de mis fantasmas y éstos salieron del cuartito del fondo para encauzar mis emociones durante el recorrido que mi memoria estaba a punto de comenzar.
Necesité impregnar mi ropa del polvo blanco acumulado, coronar mi frente de telarañas, beber el agua que no corría por las oxidadas tuberías, sentarme en el sillón del abuelo y saborear con el mismo deleite de entonces la sabrosa tortilla de patatas que cocinaba mi abuela puesta en un plato de Duralex transparente sobre aquella sólida mesa tan mimosamente encerada por mi madre; el delicioso olor atrajo a los demás.
No pasó el tiempo.
No paró, simplemente no existió.
Así fue.
Todos ellos, desperezando las extremidades se sacudían las ropas y cruzaban sin esfuerzo los límites de sus escondites: detrás de los armarios, entre las cortinas, debajo de las camas; llenaron los espacios que no estaban y dejaron que los contemplara, con afecto, con cariño, con el mismo amor que me dieron. Concentré mis oídos en escuchar sus alabanzas.
La inconsciencia invadió el cerebro atrapado en mi cabeza y éste, sacudido por la misma despertó mis instintos de supervivencia. La normalidad se adueñó de la atmósfera que redondeaba los rincones y aplanaba las esquinas extendiendo un halo de aire respirable. Comenzó un coloquio mudo que oía; la ausencia de sílabas no pronunciadas fue una agradable revelación a mi intelecto, y comprendí. A la vez que abrazaban mi plantada figura en medio de aquella escena visualicé como el todo se convertía en “MENOS”.
La lágrima de luto que no derramé reflejó en mi mejilla el aura de los míos; la luz que emanaba de ésta proyectó sobre el infinito mi imagen de niña. Entendí su mensaje. Yo estaba en ellos. Ellos en mí.

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