Ni en sueños

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Mayca Margon

En otras vidas, desde que tengo la mía he constatado diversidad de personas, personajes y personalidades que han existido y habitado este mismo cuerpo mío. Quiero encontrar similitudes o parecidos entre estas personalidades. Difícil. ¿Imposible?


Le pido a la MEMORIA, santa cualidad un tanto mentirosa, que suelte la mano de mis pasiones y me deje pillarla en algún “renuncio”. Será difícil pero no imposible.


Con pasión y fervor guardo los recuerdos, o con fervor para que provoque pasión, otra cualidad sobrevalorada, sobre todo ahora en este juego de tendencia generosamente retro.


Me quitaré de encima todos los prejuicios. Serán un lastre. Y voy a caminar por el sendero ya pateado y aún sin meta final de mi YO en plural.
Comencé sin duda, en un momento dado y sin duda crecí
Porque el recuerdo de mirar a mi padre desde abajo siendo levantada por él, situándome a su altura cuando el llanto me embargaba, en el que no me veo pero sí la cara de un hombre joven, es real. Dime que SÍ altanera Memoria. Era yo, ¿ya no lo soy?


Veo las caras de mis amigos, y aunque son igual a las de ahora en aquellos que aún conservo (sé que no puede ser, pero me sirve para identificarles), la mía no veo, pero sí el pelo cayéndome sobre ella cuando me acercaba a sus oídos regalando un secreto.


Y ahora, toca lidiar con aquella adolescente, seria, nerviosa, insegura que miraba el espejo, al igual que yo ahora, y se veía frágil y etérea pero existente para siempre. Hazme un bien, querida Memoria, y encuentra todos los parecidos con la imagen de ahora, o mejor, la imagen de ahora con aquella. Que no es por la juventud del cuerpo, es por la del alma.
Mi madre me mira desde las alturas que la cobijan, y me mira igual que ese día en el que me dijo con todo su ser que yo ya era una mujer. En todos los sentidos. Y aquí no me haces falta Memoria porque la recuerdo es fiel. Ella soy yo ahora. Aunque entonces no.


He ignorado el espejo durante unos años, echando de menos de vez en cuando a la jovencita que fui. Y dejé que mi descendencia ocupara las noches, las mañanas y las tardes. Me olvidé. Mi Memoria también olvidó. Nunca sabré si perdonarlo. No sé si hay algo que perdonar.


Y son ellos, los que me preceden, quienes me han enseñado a recordar con el corazón sano. Con el cuerpo desfigurado, porque todo llega y todo pasa, la mente más abierta y los gestos dolientes y alegres de mis hijos voy tirando del finísimo hilo que me une a mis YOS. Cuando la nostalgia se alía con la memoria, las diversas personas que he sido y fui, todas y cada una de ellas, unidas, son el contrapunto a la tristeza. Ni en sueños “ yo era”. Sueño que soy.

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