No hay Semana Santa ni clientela para el bar de carretera

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Las cafeterías y restaurantes en las rutas que salen de Madrid aguantan los diferentes cierres perimetrales bajo mínimos

David Expósito – Diario El País

El Hotel-Restaurante Atalaya, a escasos kilómetros del límite de la Comunidad de Madrid sobre la A-3, suele hacer su agosto en Semana Santa. En otros años la amplia sala estaría abarrotada de viajeros tomando la merienda, un café o un refresco de camino a la playa, pero ahora solo hay dos hombres del pueblo más cercano, Fuentidueña de Tajo. Uno juega a la tragaperras mientras toma sorbos de café con leche; el otro está embelesado con la televisión, aunque no habla castellano.

Hace dos años, la DGT calculaba que en España se harían 15,5 millones de desplazamientos a lo largo de las vacaciones de Semana Santa; muchos de ellos saldrían de la capital a conquistar el resto del país durante unos días. El año pasado el confinamiento más estricto acabó con esa posibilidad de raíz. Este 2021, el cierre perimetral impuesto desde el 26 de marzo al 9 de abril ha silenciado las carreteras, pero los dueños de los establecimientos que suelen acompañar a las gasolineras mantienen abiertos sus negocios para atender al poco tráfico que nunca para y al goteo de clientes que se atreven a pasar la frontera, en contra de las indicaciones sanitarias.

Aunque el golpe al Atalaya no ha sido una cosa puntual (llevan meses arrastrando pérdidas) sí se siente más en estos días, cuenta al límite de la angustia el dueño, Adrián Maier. “En Semana Santa aquí se hacían atascos larguísimos por toda la gente que salía de Madrid; eran los mejores días del año para nosotros. Ahora no hay prácticamente nada. La situación es muy, muy grave”.

En esta área de servicio, a ocho kilómetros de la provincia de Cuenca, hay otros dos restaurantes, cada uno con hospedaje también, pero siempre había habido clientela para todos. Ahora uno está cerrado, sin rastro de actividad reciente, y Maier ha tenido que deshacerse prácticamente de su plantilla entera: de 15 trabajadores que eran, ahora solo quedan una camarera, él y su mujer para repartirse los turnos de 24 horas entre el hotel y el bar.

Maier abrió el Atalaya en diciembre de 2016 tras 12 años trabajando en hostelería y “siguiendo el sueño de construir algo propio”, cuenta este rumano de 41 años, ya con aires de resignación. Él entiende que a la pandemia hay que doblegarla con restricciones que frenen los contagios, muchos de los cuales se pueden producir en establecimientos como el suyo. Sin embargo, lo que no entiende es que se hable tanto de salvar la hostelería mientras no se dan ayudas directas —Madrid es la única Comunidad Autónoma que no ha tomado esa medida—. “Yo aquí tengo que pedir créditos y se ríen de mí cuando digo que soy hostelero. Hemos vivido años muy buenos, pero ahora no sé como vamos a resistir”.

Los dos clientes y la única camarera del Hotel-Restaurante Atalaya sobre la carretera de Valencia este lunes
Los dos clientes y la única camarera del Hotel-Restaurante Atalaya sobre la carretera de Valencia este lunesDavid Expósito

En el extremo occidental de la Comunidad las carreteras son más pequeñas y el tráfico menor, pero la situación es parecida a los costados de las rutas que conectan Madrid con las dos Castillas y crean una zona de frontera triple. Al borde del pueblo de Cenicientos, en medio de un paisaje pedregoso, está el Mesón y Hostal Las Peñas, fundado por Benjamín Moraleda hace 32 años. “Por aquí siempre ha pasado gente de Ávila, de Toledo o de Madrid que viene a sus pueblos, o motoristas a hacer sus rutas o caminantes por los senderos de la zona. Pero ahora está esto muerto porque quedamos aislados”, cuenta detrás de su mascarilla negra el hombre de 75 años que construyó con sus manos el negocio que ahora atienden él y su hija Cristina, de 44.

El telediario, denominador común de todos estos establecimientos, rellena el silencio de la sala con noticias de fiestas ilegales del fin de semana pasado; y aunque nadie le ponga atención, simula el ajetreo que habría si la pandemia nunca hubiese sucedido. Ahora, los únicos clientes están sentados al mediodía en la soleada terraza. Son los más fieles. Un vecino que va todos los días a comer el menú diario de 10 euros y tres amigos del pueblo que suelen tomar allí el aperitivo. “A nosotros nos gusta venir porque es donde nos sentimos cómodos. Es costumbre, siempre que podemos aquí estamos. Nos tratan bien y además el menú está muy bueno, que a veces también comemos”, explica Jose Luis Vedia, que tiene un cebadero al borde del pueblo y también ha sentido el golpe a la hostelería.

Benjamín Moraleda, dueño del Mesón Las Peñas, sentado en una de las mesas vacías de su establecimiento este lunes
Benjamín Moraleda, dueño del Mesón Las Peñas, sentado en una de las mesas vacías de su establecimiento este lunesDavid Expósito

Los controles policiales ahuyentan a los conductores más que el miedo al contagio o la propagación. Se ubican en las fronteras y algunos incluso se pueden ver desde la mesa de los establecimientos de las carreteras. Es el caso del restaurante Almenara de Catalucia, en el costado de la carretera a Extremadura. El edificio de ladrillo visto y toques campestres está exactamente en el límite con la provincia de Toledo y, a unos metros se suelen poner algunos de los 4.818 agentes de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado que conforman el dispositivo especial para asegurar que se cumplen las restricciones de movilidad en Madrid durante la Semana Santa.

Eso los ha sentenciado, comenta Francisco Ramírez, hijo del dueño y encargado desde que han tenido que rebajar la plantilla. “Nuestra clientela viene principalmente de Navalcarnero, de la zona. Somos un asador y la gente nos conoce. Pero nos han cancelado muchas reservas para estos días por miedo a que los paren, incluso aunque vayan a volver, porque tendrían que entrar a Castilla-La Mancha por poco”. Ahora solo les queda atender a los trabajadores de un polígono industrial cercano, a quienes atraen con un menú del día. Aunque un intrépido viajero pase por allí, no es probable que pare a metros de la frontera, con la posibilidad de estar ante los ojos de los agentes.

Un trabajador de una urbanización cercana come el menú del restaurante Almenara de Catalucia este lunes
Un trabajador de una urbanización cercana come el menú del restaurante Almenara de Catalucia este lunes David Expósito

En otras carreteras el efecto del cierre perimetral se nota menos. En la A-2, entre Alcalá de Henares y Guadalajara, el aparcamiento del restaurante la Venta de Meco está poblado por unos cuantos grandes camiones. Sus dueños son los hermanos Jesús Carlos y Alejandro Estévez, que lo heredaron hace 40 años de sus padres. “Nosotros hemos sufrido la pandemia, como todos. Pero, por ejemplo, esto de la Semana Santa tampoco nos ha afectado demasiado. Nuestros clientes son principalmente camioneros, que nos conocen hace mucho tiempo, y trabajadores de la zona también”, cuenta Jesús Carlos. Allí la valla de la frontera también se alcanza a ver, pero, dicen los hermanos, no se suelen poner controles porque el tráfico es, en su mayoría, pesado.

Aun así, dentro del laberinto de salas de la Venta de Meco, que evidencian el crecimiento progresivo del negocio, se percibe un vacío extraño; el mismo que se siente en todos los bares de carretera en estos tiempos pandémicos. Tiene un ritmo particular, acompasado por una radio o una televisión siempre encendida —casi siempre ignorada— y el sonido incesante de vehículos de todos los tamaños que pasan a metros de la entrada y hacen vibrar las ventanas. La habitual semana de bonanza de los establecimientos de carretera es una víctima más de los efectos de la pandemia; y a pesar del sonido constante, lo que se palpa es el silencio de la operación salida que no fue.

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